Hostos en Jarabacoa

(Fragmento del libro Hostos en Santo Domingo de Emilio Rodríguez Demorizi).

Texto citado del cuaderno de viajes de Eugenio María de Hostos, 1883)

 

 

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(Nota de José R. Genao: La Colonia: La foto no corresponden a la época. Fotos con derechos de autor reservados de los sucesores de Julio Ezequiel Piña Abreu). 

Pero hay un pueblecito y una ciudad que pueden citarse como los tipos actuales de esas dos diferentes formas de sociedades urbanas: el uno es Jarabacoa y el otro es la Ciudad Antigua.

Empecemos por lo más, para probar involuntariamente que muchas veces lo más vale menos en realidad que lo que se tiene a menos.

La Ciudad Antigua, como, con jactancia justificada por la historia llama a su ciudad nativa un quisqueyano inteligente , culto y estimado, es efectivamente la ciudad mas antigua , ni vestigios ha encontrado el norteamericano que recientemente estuvo en la isla, comisionado por el comité directivo de la expo de Chicago para hacer investigaciones en el lugar que ocupo la primera población española . De la Vega Vieja, segundo asiento de la población conquistadora, quedan aun, a poco mas de legua y media de la vega actual, las mismas ruinas, extraordinariamente pintorescas, por la decoración vegetal que las embellece, y que fueron respetadas por el terremoto que derrumbo la ciudad.

___…… sigue describiendo Santo Domingo antiguo…..____ Nota de J. G.

 ……Nos falta ver Jarabacoa para saber lo que es el lugarejo quisqueyano.

No es una aldea como el hogar campestre y pastoril de los aldeanos europeos ni el little township del agricultor yankee, ni el burdo medio rural y medio urbano que dio origen a los municipios, ni el sórdido villorrio que trastorna la vista y el corazón en los caminos carreteros de alguna comarca de Francia, España e Inglaterra, ni es el lugarejo en la acepción que tiene en las naciones viejas, sino el “lugarejo”, en un sentido especial, como disminución graciosa de “lugar”.

En un descanso que hace el terreno al elevarse desde el valle central (la Vega Real, como decía colon) hasta las cumbres del Yaque y del Tina, se forma un vallejuelo a la extremidad de un pinar maravilloso.

El vallejuelo, que no tendrá una legua de superficie, se ha dado trazas para tener dos secciones, una que corre a modo de talveg por la segunda de las vertientes; otra que se arrincona a manera de ángulo curvilíneo en la falda de la cordillera que el sirve de regazo. Aquel es el valle de jarabacoa. En el talveg (zona más baja de un valle, nota de J. G. ) está el lugarejo y en la rinconada del vallejuelo elegido, la propiedad comunal del lugarejo.

Cuando desde el pinar, que es el camino, se penetra en el recinto de Jarabacoa, dos sensaciones mágicas suspenden; junto con entrar en el recinto del vallejuelo se percibe todo él; y junto con percibirlo, desaparecen de la vista el camino y la entrada del lugarejo.

Todo entero lo contemplo de una mirada. Es una plaza todo él; plaza grande, desmesurada, desigual, que tiene, parece, las montañas vecinas por paredes.

En un ángulo de la plaza hay, si todavía no la han sustituido con la que pensaban construir, una iglesia de mala muerte, que es un elemento pictórico de buena vista. El resto de la plaza, una pradera; cerrando por los cuatro costados la pradera, cuatro líneas de casas, algo como cuatro calles no completamente cerradas por viviendas sino, mas bien, indicadas por una que otra vivienda de la misma línea, continúan y por no largo trecho prolongan las calles que comienzan en la plaza.

La casa del cura en el ángulo frontero a la iglesia; la del sacristán en la esquina frontera a la del cura; una tienda de todo, mercería, y víveres, licores y quincalla, en el ángulo estratégico en donde coinciden la línea del talveg y la del caserío que se amontonan dirección a la confluencia de dos ríos; la comandancia de armas, que es un simple rancho comparada con la casa de la tienda, que es la mejor del lugarejo, y es efectivamente una buena casa de madera; otras dos o tres habitaciones un poco menos mal fachadas que los pobres bohíos del contorno, eso es todo el lugarejo. Población, tal vez no seiscientas almas; caserío, quizás no el conjunto de cien casas, mediaguas y ranchos; pero paseos como no los tiene Paris ni Nueva York; aguas como no las tienen las Altai ni los Himalayas ni los Andes; cielo, como el de Turei, espectáculos, como los mas entretenidos y mas atractivos de la civilización.

Y eso que la civilización, tal como ella se difunde de los países cultos a los incultos y de las ciudades a los lugarejos, estaba allí, como donde quiera, solidamente representada por media docena de egoístas que prosperaban a expensas del medio millar de lugareños  y a costa de los conuqueros o chacareros del entorno.

Pero en cambio, la barbarie primitiva de las Antillas, aquella ignorancia benévola y hospitalaria de los aborígenes que hallo Colón en las Antillas, estaba todavía viviente en el sencillo corazón de los vallejanos, merecedores de mejor guía social.

El vallejuelo es pobre, pero las aguas de Jimenoa y del Yaque que grandiosamente confluyen en su termino, en su fueraza mecánica arrastran a cada minuto una riqueza industrial que podría aprovecharse económicamente, si los fecundizamos faldeos de las colinas circundantes y una prudente explotación del pinar circunvecino pudieran aprovechar aquella fuerza desperdiciada.

Si mientras errores, engaños, debilidades y espejismos desvían de su objetivo natural al hombre de bien y lo alejan del centro natural de acción, que es aquel en que el bien se puede realizar, persevera en su obra y en su empeño, aplicando a ellos su fuerza, ni las aguas confluentes del Jimenoa y el Yaque seguirían desperdiciándose para las industrias que hubieran podido ya hacer de Jarabacoa un coeficiente precioso de civilización, ni vidas capaces de dar fruto estarían gastándose inútilmente en imitar sin querer a aquellas  aguas que corren sin utilidad hacia la muerte, allá en el mar, y sin mas empleo de sus fuerzas que el chocar con las piedras de su cauce, que es como chocar con la dureza del intelecto o de corazón o de dignidad entre los hombres. 

Pero !que hacer! el pobre pueblecito que en el seno de la cordillera no buscada por la industria humana sugiere ideas y proyectos de progreso al transeúnte, tal vez se esté bien, como se está , lejano, arrinconado y solitario.

Mil y más veces preferible ese destino al de pueblos y hombres, que en cada uno de sus cambios, pierden algo de lo que es esencial a la dignidad de la naturaleza humana.

Cerca de 1883

(Nota de José R. Genao: Las fotos no corresponden a la época. Fotos con derechos de autor reservados de los sucesores de Julio Ezequiel Piña Abreu).


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